Capítulo 5 Capítulo Cinco – El hombre del ascensor
Durante las semanas siguientes, Seth Beckett se volvió parte del paisaje cotidiano… y al mismo tiempo, el punto exacto que no podía ignorar.
Cada vez que el ascensor se detenía en nuestro piso, era un misterio quién aparecería a su lado. Siempre una mujer distinta. Altas, rubias, morenas, alguna pelirroja. Todas con ese aire de quien sabe exactamente a dónde va y con quién va a terminar la noche.
Nunca se repetía ninguna. Nunca.
Era como si tuviera un calendario secreto, un desfile perfectamente calculado donde cada una ocupaba su turno exacto.
Y él… él siempre igual. Traje oscuro, camisa impecable, esa expresión tranquila y ese modo de saludar como si nada en el mundo pudiera afectarlo.
—Buenas noches, vecina —decía, con su voz grave y educada, como si la cena en su departamento nunca hubiera ocurrido, como si no hubiera dicho que quería que escuchara su voz pronunciando mi nombre.
Yo respondía con un simple:
—Buenas noches, Seth.
Nada más.
A veces, alguna de las mujeres me miraba con una sonrisa curiosa, como si intentara descifrar qué papel jugaba yo en todo aquello. Y yo fingía no notarlo. Fingía que no me importaba.
Pero mentir era inútil.
Cada vez que lo veía con otra, sentía una punzada en el pecho. No era celos, o al menos eso me repetía una y otra vez. Era… incomodidad. Tal vez decepción. O pura curiosidad disfrazada de rabia.
Lo cierto era que después de aquella noche, Seth no volvió a insinuarme nada.
Ni una palabra provocadora, ni una mirada que cruzara la línea.
Era como si hubiera decidido olvidarse de mí.
Y eso, por algún motivo que no quería analizar, me molestaba más de lo que debería.
A veces lo escuchaba regresar tarde, el sonido del ascensor, el clic de su puerta al cerrarse. Luego, silencio. Ni risas, ni gemidos, ni nada. Como si incluso su placer estuviera medido, calculado, cronometrado.
Era el tipo de hombre que sabía exactamente hasta dónde llegar.
Y lo peor… era que, sin quererlo, yo ya había empezado a esperarlo.
Cada vez que el ascensor se abría, contenía el aliento, preguntándome si sería él, y si lo era, con quién.
Nunca me hablaba más de lo necesario.
Nunca cruzaba la línea.
Y aun así, cada vez que nuestros ojos se encontraban, algo en mí temblaba.
No entendía por qué. Tal vez porque sabía que, bajo esa calma perfecta, había algo más. Algo oscuro, contenido, peligroso.
Seth Beckett era un misterio que me estaba prohibido tocar…
Y, por alguna razón, eso solo lo hacía más irresistible.
Unos días después, mientras estaba acomodando unas cajas en mi sala que aún no había tenido tiempo de guardar, escuché un golpe en la puerta. Suspiré, sin mucho ánimo de abrir, pero ahí estaba: Seth, con una botella de vino bajo el brazo y esa sonrisa que me hacía perder la concentración.
—Hola, Edén —dijo, casi con un brillo travieso en los ojos—. Gané un premio y no tenía con quién celebrarlo… ¿Te gustaría celebrar conmigo?
—Estoy cansada… —susurré, agotada de un largo día.
—Por favooor —rogó, con esa voz que parecía la de un niño suplicante, apoyando las manos sobre la puerta como si todo el mundo dependiera de que le dijera que sí.
Suspiré, rendida a su encanto descarado. —Está bien —dije finalmente, cediendo.
—¿Puedo pasar? —preguntó con una sonrisa que me hizo sentir culpable por dudarlo.
Asentí y abrí la puerta. Sus ojos recorrieron mi sala y no pudo evitar sonreír.
—Vaya… tantas cajas —dijo.
—Sí, aún no he tenido tiempo de guardar todo —respondí, algo avergonzada.
Me dirigí a la cocina para buscar dos copas, mientras él abría la botella de vino y servía. Nos sentamos en el sofá, con un par de copas en la mano, brindando de manera casual, aunque yo sentía que todo mi cuerpo estaba en alerta.
Estaba descalza, los pies apoyados arriba del sofá. El dio un par de palmaditas en sus piernas y yo no entendí a qué se refería.
—¿Qué…? —empecé a preguntar, y antes de que terminara la frase, me agarró los pies con una sonrisa traviesa—. Ven.
Los colocó sobre sus piernas y empezó a tocarlos suavemente, masajeando la planta de mis pies con cuidado, mientras sus ojos me miraban con esa mezcla de seguridad y deseo que me dejaba sin aliento.
Pasamos unos minutos así, en un silencio que hablaba más que cualquier conversación. Yo podía sentir su calor, su presencia, y cómo cada gesto suyo me hacía perder un poco más el control.
De repente, sin previo aviso, me jaló suavemente por los pies, obligándome a acostarme en el sofá. Antes de que pudiera reaccionar, estaba encima de mí, y sus labios se encontraron con los míos en un beso.
