Capítulo 3 CENA CON EL DIABLO
El vestidor de la habitación era un mausoleo de seda y encaje. Al abrir las puertas, el aroma a lavanda y cuero me golpeó. Había decenas de vestidos, todos en tonos oscuros: azul noche, esmeralda profundo y negro azabache. Al tocarlos, me di cuenta de algo que me erizó la piel: no eran de mi talla estándar, estaban ajustados exactamente a mis curvas. Adrián no solo me había comprado, me había medido antes de que yo siquiera supiera de su existencia.
Elegí un vestido de seda negra, de cuello alto y mangas largas, buscando cualquier forma de protección contra su mirada. Pero al mirarme al espejo, el efecto fue el contrario. El tejido se adhería a mi cuerpo como una segunda piel, resaltando la palidez de mi rostro y el brillo febril de mis ojos. Me puse el anillo de la piedra roja. Pesaba. Se sentía como un grillete de rubí que palpitaba en mi dedo.
—Alessia —susurré al espejo, probando el nombre que él había usado. El nombre de un fantasma.
Bajé las escaleras de mármol con el corazón martilleando contra mis costillas. La mansión estaba en un silencio sepulcral, roto solo por el eco de mis tacones. Al llegar al comedor, la escena parecía sacada de una película de terror elegante. Una mesa de roble negro, lo suficientemente larga para veinte personas, estaba iluminada únicamente por candelabros de plata.
Adrián estaba sentado en la cabecera. Se había puesto una camisa negra limpia, pero no se había molestado en abotonar los puños. Bebía un vino tan oscuro que parecía tinta.
—Llegas un minuto tarde —dijo sin levantar la vista—. Siéntate.
No señaló el extremo opuesto de la mesa. Señaló la silla justo a su derecha. Mis piernas temblaron mientras caminaba hacia él. Sentarme a su lado era entrar en su espacio vital, sentir el calor que emanaba de su cuerpo y el olor a tabaco y peligro que lo rodeaba.
Dos sirvientes aparecieron de la nada, sirviendo platos de porcelana fina. Comida exquisita que olía a gloria, pero que a mí me sabía a ceniza.
—¿Por qué me miras así, Sofía? —preguntó Adrián, dejando la copa sobre la mesa. Su mirada recorrió mi rostro, deteniéndose en mis labios—. ¿Esperabas que te encadenara en un sótano?
—Esto es un sótano, solo que tiene mejores vistas —respondí, intentando que mi voz no temblara—. ¿Qué es lo que realmente quieres? Mi madre, Leonor, dijo que me llevabas para saldar una deuda, pero sé que hay algo más.
Adrián soltó una carcajada seca, carente de humor. Se inclinó hacia mí, invadiendo mi aire.
—Leonor es una mujer inteligente, pero su ambición la ciega. Te entregó con una sonrisa porque cree que eres el sacrificio que salvará su estatus. Pero lo que ella no sabe es que tú eres la única que tiene la llave de lo que tu padre escondió antes de que los Morales se lo arrebataran.
—Yo no sé nada de los negocios de mi padre —mentí, aunque mi voz me traicionó con un leve quiebro—. Solo soy la bastarda de la casa. La que limpia los desastres de Camila y Valeria.
—No te subestimes —Adrián extendió su mano y, antes de que pudiera reaccionar, sujetó mi nuca con una firmeza que me obligó a acercarme a él—. Tienes los ojos de tu verdadera madre, Sofía. Y ella no era una mujer que se dejara pisotear por alguien como Leonor.
El contacto de su mano en mi cuello envió ráfagas de fuego por mi espalda. Su pulgar comenzó a acariciar mi labio inferior, un gesto que debería haberme dado asco, pero que encendió una chispa de traición en mi vientre. Era una tentación oscura, la necesidad de perderme en el hombre que me había robado todo.
—Suéltame —pedí, aunque mis labios rozaron su pulgar al hablar.
—¿Quieres irte? —me soltó bruscamente—. ¿A dónde? ¿A la casa donde tu habitación está siendo vaciada en este momento? Envié a mis hombres hace una hora. Todo lo que te pertenecía en esa mansión está ardiendo en un callejón. Tus libros, tus fotos, tus recuerdos… Ya no existen.
El aire se escapó de mis pulmones. Un sollozo seco se atascó en mi garganta. Leonor no solo me había vendido; había permitido que borraran mi rastro de la faz de la tierra.
—Eres un monstruo —susurré.
—Soy el monstruo que te mantiene viva —replicó él, levantándose—. Si te dejara con ellos, los Morales te encontrarían en menos de veinticuatro horas. Y créeme, lo que ellos te harían es mil veces peor que lo que yo tengo planeado.
Se sacó un sobre amarillento del bolsillo interior de su camisa y lo dejó sobre la mesa, frente a mi plato.
—Cena, Sofía. Necesitas fuerzas para lo que viene mañana.
Se retiró sin mirar atrás, dejándome sola en la inmensidad del comedor. Con las manos temblorosas, abrí el sobre. Dentro no había dinero ni documentos legales. Había una fotografía vieja, desgastada por el tiempo.
En la imagen, una mujer joven, idéntica a mí pero con una sonrisa que yo nunca había tenido, abrazaba a un hombre en un jardín. El hombre era joven, apenas un adolescente, pero sus ojos eran inconfundibles. Eran los ojos de Adrián. Pero lo que me heló la sangre fue la fecha escrita al reverso: el día que nací.
—¿Mi madre lo conocía? —murmuré para la habitación vacía—. ¿O esto es una trampa de Leonor para volverme loca?
Me llevé la mano al cuello, justo donde Adrián me había sujetado. La piel aún quemaba. No era solo su prisionera; era una pieza de un rompecabezas que se había empezado a armar mucho antes de que yo diera mi primer suspiro. Y lo peor de todo era que, a pesar del odio, mi cuerpo anhelaba el calor de las manos del hombre que acababa de quemar mi vida entera.
