Capítulo 4 SOMBRAS EN EL ESPEJO
La madrugada en la mansión Montalvo no traía paz, solo ecos de verdades que dolían más que los golpes de Leonor. No pude dormir. La fotografía de mi madre y aquel Adrián adolescente ardía sobre las sábanas de seda. Me levanté, sintiendo que las paredes de la habitación me asfixiaban. Caminé descalza, siguiendo un impulso que no era mío, sino de la sangre que reclamaba respuestas.
Al final de un pasillo en penumbra, encontré una puerta de madera pesada, entreabierta. Un rastro de luz ámbar escapaba de ella, junto al aroma a whisky y tabaco. Entré. Era su despacho, el santuario de la bestia.
Mis dedos temblaron al abrir una carpeta sobre el escritorio de ébano. Lo que vi me hizo retroceder hasta chocar con la pared. Fotos mías. Cientos de ellas. Salida de la universidad, comprando café, incluso una imagen de hace tres años donde aparecía llorando en el jardín tras una de las palizas psicológicas de Leonor.
—Me has estado cazando como a un animal —mi voz salió como un latigazo en el silencio.
—Te he estado protegiendo de tu propia ignorancia, Sofía.
La voz de Adrián vino desde las sombras. Salió de un rincón oscuro, y el aire pareció desaparecer de la habitación. Estaba descalzo, usando solo un pantalón de seda negro que descansaba peligrosamente bajo en sus caderas. Su torso, esa muralla de cicatrices y músculos que me había obligado a tocar, estaba completamente desnudo, brillando bajo la luz tenue de una lámpara de pie.
—¡Eres un enfermo! —grité, arrojando la carpeta al suelo. Los papeles se esparcieron como cadáveres blancos—. Me vigilabas mientras mi familia me destruía. ¡Me viste sufrir y no hiciste nada!
Caminé hacia él, cegada por una furia que nunca me había permitido sentir frente a Leonor. Levanté la mano para cruzarle la cara con toda mi fuerza, pero Adrián fue más rápido. Atrapo mi muñeca en el aire con un movimiento felino y me estampó contra el borde del escritorio de cristal. El frío del material golpeó mi espalda, contrastando violentamente con el calor abrasador de su cuerpo que ahora me aplastaba.
—¡Suéltame, maldito! —forcejeé, golpeando su pecho con mi mano libre, pero era como golpear una roca.
—Golpéame todo lo que quieras —gruñó él, su rostro a milímetros del mío, sus ojos inyectados en una mezcla de furia y hambre—. Pero no te atrevas a decir que no hice nada. Cada vez que tu padre intentó venderte a hombres que te habrían despedazado, yo moví los hilos para detenerlo. Te compré porque eres mía desde el día en que naciste.
—¡Yo no soy de nadie! —le escupí, jadeando—. ¡Esa foto... mi madre... ella te amaba! ¿Cómo puedes hacerme esto si ella era algo para ti?
Adrián soltó un gruñido gutural y me sujetó ambas manos sobre la cabeza, inmovilizándome contra el escritorio. Su cuerpo estaba tan cerca que podía sentir su virilidad endurecida presionando contra mi vientre, una promesa de fuego que me hizo temblar de una forma que no era miedo.
—Ella no me amaba como crees, Sofía —siseó, su respiración quemando mi cuello—. Ella era la reina de un imperio, los Morales, y tu padre, ese cobarde que llamas progenitor, la traicionó para quedarse con todo. Tú no eres una García. Tienes la sangre de la mafia más poderosa recorriendo tus venas, y yo soy el único que sabe cómo despertarla.
En un movimiento brusco, me dio la vuelta, pegando mi espalda a su pecho y obligándome a mirar nuestro reflejo en el gran ventanal que daba al abismo de la ciudad. Estábamos allí, casi desnudos, su piel oscura y marcada contra mi piel pálida y temblorosa.
—Mírate —ordenó, su mano derecha descendiendo desde mi hombro hasta mi cintura, apretando con posesión—. No eres la bastarda que Leonor intentó anular. Eres una Morales.
Su boca encontró la marca de nacimiento en mi cuello. No fue un beso, fue un reclamo. Sus dientes rozaron mi piel y un gemido de traición escapó de mi garganta. Odiaba la forma en que mis piernas flaqueaban, odiaba cómo mi cuerpo se arqueaba buscando más de ese contacto prohibido. El odio y el deseo se mezclaron en mi boca con el sabor a hierro.
—No... —susurré, aunque mis manos buscaron sus brazos para sostenerse.
—Sí —replicó él, bajando el pantalón de seda aún más mientras se pegaba a mis nalgas, dejándome sentir su fuego sin barreras—. Mañana habrá una gala benéfica. Leonor y tu padre estarán allí, pretendiendo que aún tienen dignidad. Vas a ir conmigo. Vas a usar el vestido más caro que el dinero pueda comprar y vas a sonreír mientras los destruimos.
Me soltó de golpe, dejándome apoyada en el escritorio, con el corazón queriendo salirse del pecho. Caminó hacia el centro de la habitación y me lanzó un teléfono móvil de última generación.
—Hay un número guardado. Úsalo si intentas escapar, para que sepas a quién llamar cuando te des cuenta de que no tienes a dónde ir.
Se quedó allí de pie, bajo la luz, mostrándose ante mí sin vergüenza, su cuerpo imponente reclamando el espacio.
—Vete a dormir, Sofía —dijo con una frialdad que me dolió más que su agarre—. Mañana, el mundo sabrá que la bastarda de los García ha muerto. Mañana nace la reina que yo mismo voy a coronar.
Salí corriendo de la habitación, pero mi reflejo en el cristal se quedó grabado en mi mente: la imagen de una mujer que, por primera vez, no tenía miedo de las sombras, porque se había dado cuenta de que el demonio que la perseguía era el único que podía hacerla sentir viva.
Al llegar a su cuarto y encender el teléfono, Sofía recibe un mensaje de un número desconocido: "No confíes en él, Alessia. Él no te salvó de Leonor, él planeó tu miseria desde el principio".
