Placer Ilicito

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Capítulo 7 Acosador

—¿Está todo en orden aquí?

Esa voz. No era la voz de un estudiante, ni la de un profesor. Era una voz que poseía una frecuencia grave que hizo que el vello de mi nuca se erizara al instante. No supe en qué momento fue que su padre apareció en aquel pasillo desierto del campus. Parecía haber emergido de las mismas sombras de los edificios de piedra, con una elegancia perfecta y peligrosa que desentonaba por completo con el entorno universitario.

—Está todo bien —respondió Lucas, cabreado, mientras se frotaba la mejilla donde mi mano aún dejaba una marca roja y palpitante. Su tono era defensivo, casi infantil, como el de un niño atrapado en una travesura ante la autoridad máxima.

El hombre no miró a su hijo. Sus ojos, oscuros y cargados de un conocimiento que me hacía sentir desnuda, estaban fijos en mí. Me lanzó una última mirada de advertencia, y finalmente se marchó junto a Lucas, quien lo siguió como un perro apaleado. Inhalé profundamente, llenando mis pulmones de aire frío para intentar tranquilizarme, pero esta vez no sentí mejoría alguna. La adrenalina seguía quemando mis venas y solo deseaba golpear al primer idiota que se atreviera a dirigirme la palabra.

Me giré para recoger mis libros, tratando de recuperar una pizca de dignidad, cuando una presencia volvió a materializarse a mis espaldas.

—¿Problemas de pareja?

"No puede ser".

Cerré los ojos con fuerza, sintiendo un mareo repentino. Volví mi vista hacia la persona que menos deseaba ver en el mundo. Allí estaba él, de nuevo. El padre de Lucas había regresado, seguramente había enviado a su hijo a algún recado lejano para quedarse a solas conmigo. Era un sujeto profundamente extraño, un hombre que jugaba a dos bandas: fingía ante el mundo no conocernos muy de cerca, tratándome con una cortesía distante y formal, cuando la realidad era otra muy distinta, una realidad que todavía quemaba en mi piel.

—Eso no es de su incumbencia —espeté molesta, armándome de un valor que no sabía que tenía. Quise irme, pasar por su lado y desaparecer en la multitud que empezaba a llenar los pasillos para la siguiente clase, pero me tomó por sorpresa cuando me sujetó del brazo. Su agarre no era violento, pero sí firme indicándome que no me dejaría ir—. ¿Qué hace? Suélteme ahora mismo.

Él no retrocedió. En lugar de eso, me miró de una forma seductora, con una intensidad que me cortó la respiración. Mi corazón se volvió loco, golpeando mi pecho con una violencia rítmica, ya que esa misma mirada era la que poseía en su rostro cuando él y yo... "¡Qué demonios me sucede! No debo pensar en eso ahora", me reprendí internamente, luchando contra la oleada de calor que me recorrió a pesar de mi odio. Estaba nerviosa, aterrada y, para mi propia desgracia, fascinada. Se estaba acercando demasiado, acortando la distancia hasta que pude oler su perfume, una mezcla de tabaco caro, un toque dulce y fresco más el sándalo que me mareaba.

—Mey... ¿está todo bien?

La voz de Tayler, uno de los mejores amigos de Lucas, llegó como un salvavidas lanzado en medio de una tormenta. Apareció justo a tiempo para salvarme de lo que fuera que ese hombre planeaba hacer o decir en la semi-oscuridad del pasillo. Tayler se detuvo, mirando la mano del hombre en mi brazo y luego su rostro desconocido.

—¿Disculpa... nos conocemos? —preguntó Tayler con desconfianza.

El padre de Lucas lo miró por unos momentos, evaluándolo con una frialdad oscura que habría hecho temblar a cualquiera. Ignoró por completo al amigo de su hijo, manteniendo sus ojos fijos en mí durante unos segundos que parecieron eternos, como si estuviera marcando su territorio frente a un testigo. Finalmente, sonrió de lado, una mueca cargada de cinismo, y le respondió a Tayler con una voz impecablemente educada.

—Solo quería conocer mejor a la novia de mi hijo. Soy su padre —dijo, extendiendo una mano hacia el chico.

Me quedé estupefacta, casi sin poder articular palabra. Pensé que diría cualquier otra cosa, que inventaría una excusa sobre el altercado con Lucas o que simplemente se marcharía con alguna amenaza velada. No esperaba que se presentara así, con esa naturalidad aterradora, como el suegro perfecto ante el amigo de su hijo, justo después de haberme acosado contra la pared.

Tayler, por supuesto, cambió su actitud de inmediato. Estrechó su mano emocionado, con esa reverencia que los amigos de Lucas siempre le tenían a la figura mítica de su padre.

—¡Oh, señor! Mucho gusto. Lucas ha hablado muchísimo de usted, decía que vendría pronto a visitarlo, pero no esperábamos verlo hoy por aquí. Es un honor —balbuceó Tayler, cayendo redondito en la trampa de carisma del hombre.

Mientras ellos hablaban de cosas absurdas, de planes de visitas y de lo orgulloso que estaba Lucas de su familia, aproveché la distracción. No me despedí, no miré atrás. Me escabullí entre las sombras de las columnas, sintiendo la mirada del padre de mi exnovio quemándome la espalda incluso cuando ya no podía verlo. Corrí a través del campus, esquivando grupos de estudiantes, hasta que al final crucé el umbral de mi residencia.

Solo cuando escuché el clic de la cerradura de mi habitación y me apoyé contra la puerta, me sentí a salvo. Pero incluso en el silencio de mi cuarto.

—Parece que has visto a un fantasma, Mey. O quizá es que el fantasma finalmente te alcanzó a ti —dijo mi compañera de habitación, soltando una risotada estridente mientras se limaba las uñas con una parsimonia que me crispaba los nervios—. ¿Acaso no te has visto en el espejo? Tienes la cara de alguien que acaba de presenciar su propio funeral.

Ruedo los ojos con fastidio e ignoro su comentario fuera de lugar. No tenía energía para sus sarcasmos habituales ni para explicarle que mi vida se había convertido en un campo de minas en menos de veinticuatro horas. Me dejé caer en mi cama, sintiendo cómo el colchón crujía bajo mi peso, y me froté las sienes con desesperación. Necesitaba marcar territorio, establecer muros antes de que todo se terminara de derrumbar.

—Escúchame bien —le dije, mirándola con una fijeza que la hizo detener el movimiento de la lima—. Erika ya no es mi amiga. A partir de este segundo, esa mujer tiene prohibido volver a ingresar a nuestra habitación. No quiero sus excusas, no quiero su presencia y, sobre todo, no quiero que respire el mismo aire que yo.

Ella dejó de limarse y me miró con una sorpresa genuina, arqueando una ceja con escepticismo. Soltó una pequeña burla, diciendo que esa era una amenaza que ni yo misma me creería, recordándome con una condescendencia irritante que nuestra amistad venía desde hace años, que éramos "uña y mugre".

—Hablo muy en serio —sentencié, con un tono tan severo que el aire en el cuarto pareció enfriarse—. No la dejes entrar más aquí. Y si necesitas una razón de peso para odiarla tanto como yo, te comento que fue ella, tu "amiguita", quien le contó a medio campus sobre tu "problema" privado. Si no me crees, revisa tu cajón izquierdo, página veintisiete de ese diario que creías tan bien escondido. Ella lo leyó todo.

Mi compañera dejó de sonreír al instante. Su rostro pasó de la burla a una palidez mortecina, y luego a un rojo encendido de furia pura. Se puso de pie con una lentitud amenazante y se aproximó a mí, con los puños apretados a los costados.

—Si vuelvo a ver a esa perra cerca de esta puerta, juro que la voy a matar —susurró con una voz cargada de veneno.

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